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martes, 19 de febrero de 2013

Comunismo y música rock

En la Sala de teatro 1 del CELARG, Teatro Forte presenta Rock n' Roll: La revolución del terciopelo del británico Tom Stoppard con producción de Gladys Seco (Bizarro A. C.), adaptación y dirección de Vladimir Vera.

Un profesor y su alumno, ambos de tendencia comunista, viven en dos lugares diametralmente opuestos: Inglaterra y Checoslovaquia. A lo largo de 20 años, perciben los sucesos que van a devenir en la caída del comunismo y el desencanto por el capitalismo. Son dos seres rodeados de amigos y familiares que comparten un mundo casi imposible de cambiar. Sobreviven por la utopía, aunque su vida nunca ha sido la que desearon y el amor se convierte en una solución final.

Por sus planteamientos, el texto de Stoppard es más discursivo que teatral complicando así su puesta en escena. La dirección intenta resolver esto con la ubicación de un conjunto musical en el fondo para interpretar las canciones que acompañan a la acción y propone una estética de revelación de la teatralidad con cambios de espacio a la vista de público y elementos de utilería que aparecen y desaparecen durante la representación con el apoyo de los asistentes de escena. Sin embargo, la historia ajena y la duración del montaje no logran la contundencia que el mensaje podría tener. El teatro sirve para distanciar y, así, criticar a la actualidad. En este caso, la conexión se da en pocos momentos y con algunas frases que podrían reflejar la utopía venezolana contemporánea, pero se pierden en la inmensidad de un discurso ajeno y largo.

La propuesta escenográfica se percibe sencilla, mientras que el protagonista es el vestuario que coordina Fedora Freites y realizaron los alumnos de Instituto de Diseño Las Mercedes. Éste último indica la época (60’s – 80’s) y se muestra reversible, aunque la dirección no hace evidente esto.

El trabajo actoral se muestra efectivo con Javier Vidal como Max, el viejo comunista, a la cabeza, Gladys Seco en sus dos interpretaciones: Eleonor y Esme, esposa e hija de Max, y Nattalie Cortez como Lenka. Son secundados por Elvis Chaveinte como Jan, el comunista joven, que se percibe más conectado en las escenas donde el personaje muestra su energía juvenil y Jesús Sosa que es acertado como Ferdinand y el Investigador. El resto del elenco interpreta correctamente sus roles. Entre ellos, se encuentran: Fabiola Arace, María F. Esparza, Domingo Balducci y Jan Vidal.

Esta propuesta es la más densa que ha realizado la agrupación Teatro Forte. Rompe con su estética vanguardista y de dramaturgia desestructurada por un estilo más comedido con ciertos rasgos audaces pero su resultado no fue totalmente efectivo.

Joaquin Lugo
Publicado en la columna "En las tablas" del Diario Tal Cual.

martes, 12 de febrero de 2013

¿HAY REVOLUCIONES DE TERCIOPELO?

El paso del tiempo y las revoluciones cambian a una sociedad. No hay país o continente que, a lo largo del siglo XX no haya vivido, sentido o sido epicentro de alguna clase de conmoción política, cultural, económica o religiosa que sea tan drástica, que hay dejado incólume sus valores, mitos y creencias. Incluso, las sociedades contemporáneas siguen teniendo los flujos y reflujos de sacudidas de lo que en un momento se creía fijo, inmutable o destinado a permanecer inamovible. Ni las ideologías, ni las tradiciones más milenarias han podido mantenerse a lo largo del paso del tiempo de forma permanente. El ser social propugna los cambios y los individuos en cada sociedad, tiempo y lugar son impactados por las mareas de lo histórico. Ni la teoría de Francis Fukuyama fue capaz de tener la certeza si la tesis que la historia como ámbito de enfrentamiento de las ideologías, terminaría en la consagración de una democracia liberal de forma permanente. Nada es fijo; todo es mutable, más en las sociedades más tercamente aferradas a tratar de colocar muros físicos o ideas cerradas. En la dinámica de la cartelera teatral caraqueña de este año 2013, un trabajo escénico está creando en el público un tentador momento para re pensar que significa la historia y cómo debe ser aprehendido el concepto de revolución. La agrupación Teatro Forte estrenó en este primer bimestre, la pieza del dramaturgo checo, Tom Stoppard (cuyo nombre es Tomás Straussier, 1937; nacionalizado británico) cuya fama como escritor ya es universal gracias a un grupo significativo de obras (como, por ejemplo de Rosencrantz y Guildenstern han muerto; pasando a Jumpers o, La invención del amor). Autor con influencias del absurdo, exploró con distintos ángulos el empleo del lenguaje a fin de generar una dramaturgia con guiños de humor, juegos de doble significación, manejo de una temporalidad múltiple y haciendo agudas incidencias político filosóficas que inquietan hasta al menos versado de los espectadores. En esta temporada 2013, la pieza Rock 'n' Roll (2006) de Sttoppard fue versionada y escenificada por uno de los directores más osados de la actual faceta profesional del teatro caraqueño; me refiero, a Vladimir Vera, quien acompañado de un notorio staff actoral y apoyado de forma profesional por diseñadores y realizadores de alto vuelo, se arriesgaron a mostrarle a esta urbe caraqueña -desde la Sala Uno del Celarg- el montaje Rock n’ Roll: la revolución de terciopelo. Espectáculo profundo en ideas, con correcto desempeño creativo y artístico; de efecto contundente tanto por lo que se dice como se hace expone en su trasfondo argumental dado que su poder dialógico conlleva visiones antagónicas que realmente trasciende lo vacuo o superficialidad que algún desprevenido trate de hacerle a la lectura de lo dramatúrgico e, incluso, de la propia ostentación de construcción de los personajes en sus particulares conflictos ideológicos. Trabajo de puesta en escena que buscó ser compacto sin apelar a tinglados efectistas y evitando confeccionarlo para audiencias que más de las veces esperan reír con cualquier cosas y hasta saber que están ante un divertimento grueso y edulcorado que justifique lo que pago por taquilla. ¡No!, la propuesta armada por Vladimir Vera -para un tiempo cercano a las dos horas- pareciese ostentar un comportamiento que, en algunas opiniones le han etiquetarlo como teatro donde no pasa nada, de espectáculo solo lleno de una larga retahíla de diálogos fragmentados y cuya temporalidad apenas logran encadenar de un modo unívoco y eso que existe el elemento conceptual de música rock retro in vivo la cual también tiende a no generarles mayores referentes. Para mi visión de un hombre maduro, que sin haber vivido la profundidad de los problemas ideológicos, políticos y sociales que empujaron a jóvenes e intelectuales a lo largo de más de dos décadas en la Europa del siglo XX, la postura que se levantó contra la sociedad checa tras la famosa Primavera de Praga y la caída del muro que dividió a la Alemania luego de la rendición alemana posterior al conflicto bélico de los años cuarenta, coloca ese acento entre dos sociedades: una, el mundo checo; otro, el contexto inglés. Allí, la oleada de comunismo se extendía hacía países ciudades como Praga o Hungría y bajo el peso de los tanques que ocuparon territorios y llevaron la hoz y el martillo junto con la tercera internacional, los intelectuales como los estudiantes, contraponían sus ideales como sus sueños y, enmarcando todo ese mundo de agitación como de cambios de paradigmas políticos, la presencia de la música rock y la cultura Pop; la trama hará que dos familias con visiones antagónicas y pasiones ideológicas se vean atrapadas en la influencias de discurrir como vivir esos cambios pero sobre todo, tratando de ser fieles a los que los movilizó. Será un periplo de casi veinticinco años donde la radiografía de una época se dibuja con efecto palmaria para ver como hace que cambie y permuten cada individuo, que haga y se perciba como las sociedades marcan a sus miembros cuando el efecto de la revolución no es un simple juego que se toma o se deja sino que demanda a cada cual, una postura. He allí la base de los conflictos de esta obra y no de un montaje que debe tener conflictos de fuerza para que el espectador salga de su sumisa recepción. En un trabajo escénico donde cada espectador deberá estar atento a claves dadas por lo que se dice, por las valoraciones filosóficas e ideológicas que sacuden a los personajes y sobre todo, a lo que las pugnas del pensamiento marcan las mentalidades de los individuos sean o no, comunistas o democráticos, hayan sido jóvenes o sean, actualmente adultos sumergidos en nuestro particular sino de revolución. La puesta en escena de Vladimir Vera sintetizó con pocos elementos escenográficos su visual de esta pieza de Stoppard; sillas, mesas, utilería, o, una larga mesa. Apela eso sí, a separar dos ámbitos: un plano central horizontal ancho para entradas y salidas para los personajes; otro, un pequeño nivel donde coloca una banda de rock cuya función será cimentar la fragmentación temporal en relación a la exposición de vídeos para ver como el tiempo conjuga esa ruptura de tiempos según y cómo la trama se vaya articulando. La planta de movimientos tuvo gran concepción, solo estuvo servida para crear el ritmo interno de cada escena. La iluminación conjugó los mínimos requeridos para darle uniformidad a la puesta; la concepción de vestuario estuvo a cargo de “los estudiantes del Instituto de Diseño de Las Mercedes” que lograron conceptualizar “el espíritu rebelde de una generación”. Pero, sin duda, lo que valoro fue la capacidad histriónica para este montaje que como conjunto dio su mejor esfuerzo para generar una vital como densa representación. Aplaudo los desempeños dados por Javier Vidal, Gladys Seco, Jesús Sosa y Nattalie Cortez quienes aprehendieron, mostraron con lucidez sus papeles. Con desparpajo a veces, con fuerza, otras. Fueron piedras angulares donde este trabajo escénico brilló y hace que la recepción esté atenta por casi ciento veinte minutos. La respuesta de Domingo Balducci, María Fernanda Esparza, Fabiola Arace y Jan Vidal debió ser más observada por la dirección a fin de extraer una potencia para sus variantes al asumir sus respectivos personajes. Quien no logró convencerme dado que le sentí atrapado en una solo línea de composición fue a Elvis Chaveinte; él debía hacer más patente los cambios temporales, debió constituir un todo orgánico más profundo y consustanciado hacia la respuesta que tenía que ostentar con lo que le ocurrió en esa larga temporalidad donde sucesos externos y marcas emocionales internas tenían que hacerse sentir con más realce. Sé y he constatado que Chaveinte es buen actor, es disciplinado y se exige en sus trabajos pero acá deberá replantearse –si aún lo desea- el revisar que es lo que le ocurre a su personaje, para evitar la monotonía y exposición plana sin variaciones a los largo de la representación; de lograrlo, el espectáculo crecerá aun más. Estoy convencido de ello. Rock n’ Roll: la revolución de terciopelo
no es un montaje que sea para todo público; es una experiencia escénica que propone ideas y no evasión. Se debe leer con calma y sin expectativas y desde ese ángulo creo que un público atento logrará no solo comprender un esfuerzo sino un teatro de apuesta a decir cosas más que a complacer sentidos. Carlos E. Herrera criticanacional2005@yahoo.es

domingo, 10 de febrero de 2013

Revolución de terciopelo




E.A Moreno-Uribe

¿Cómo y por qué cayeron los regímenes comunistas de la URSS y de Europa Central? ¿Por qué se fragmentó la Cortina de Hierro? ¿Por qué tumbaron el Muro de Berlín?

No son fáciles, ni automáticas, ni tampoco  condensadas las respuestas para el público que tras acudir a la sala 1 del Celarg, atraído por el espectáculo musicoteatral Rock n’ Roll: La revolución de terciopelo,  de Tom Stoppard,  se haga tales interrogantes al culminar los 120 minutos de una intensa y estruendosa representación.

Se trata, pues, de una obra magistral que exige un mínimo de conocimientos históricos para digerirla y degustarla, sin ser un panfleto. También la audiencia puede no hacerse ninguna pregunta y salir a disfrutar algunas de las piezas rockeras que ha escuchado. Es un teatro polisémico capaz de atrapar a tirios y troyanos, porque es didáctico sin caer en el tedio.

Pero lo único cierto es que se está frente a  una inteligente adaptación, dirigida con rigor por Vladimir Vera, la cual cuenta con las actuaciones profesionales de  Javier Vidal, Elvis Chaveinte, Nattalie Cortez, Jesús Sosa, Gladys Seco, Domingo Balducci, Jan Vidal, Fabiola Arace y María Fernanda Esparza. En justicia los roles femeninos son más impactantes y subrayan el virtuosismo de las actrices, aunque los duelos actorales de Javier con  su hijo Jan avisan que el pichón será tan versátil como su progenitor con el breve paso del tiempo.

 Rock n’ Roll: La revolución de terciopelo (2006) cubre los años 1968 y1990, desde una doble perspectiva o escenarios claves: Praga  (República Checa), donde una banda de rock & roll acaba simbolizando la resistencia popular contra el régimen comunista, y la urbe universitaria de Cambridge (Reino Unido), donde el amor y la muerte moldean la vida de tres generaciones de la familia de un filósofo marxista.

Va, pues, entre el final de la Primavera de Praga, precisamente cuando los tanques rusos invaden Praga y las revueltas estudiantiles se esparcen a nivel mundial, mientras el rock and roll es la música más escuchada en toda la cultura pop, y la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989.

El montaje, sobrio y centrado en la tarima de los rockeros, es un viaje por casi un cuarto de siglo, a través de los ojos de una familia influenciada por la política, el arte pop y la música rock. Los espectadores posiblemente se montarán en las pasiones de estos personajes al ritmo de The Doors, Pink Floyd, The Rolling Stones, The Velvet Underground, U2 y Guns n' Roses, entre otras importantes agrupaciones musicales del momento. Todos estos éxitos son correctamente interpretados por una banda en vivo que dirige Mario Arace.

En síntesis, lo más elemental que los espectadores podrán concluir de Rock n’ Roll: La revolución de terciopelo,  es que ahí  se habla y se ejemplifican los peligros que asechan a los individuos o las sociedades cuando se   aferraran a un mito o una ideología como única causa vital, bien sea el comunismo o el capitalismo, ideologías que no han resuelto la vida de los pueblos que esclavizan, aunque sus intenciones sean otras.

¿Hay otras ideologías disponibles o una revisión humanista de las fracasadas para resucitarlas? Lo único cierto es que el capitalismo esta carcomido por el caótico cáncer de la deshonestidad de los banqueros que tienen más poder que los políticos mismos y juegan al caos para sacar ganancias pingües. Mientras que el marxismo no termina de resolver problemas teóricos y prácticos de los desarrollos industriales y  la distribución de las riquezas entre sus ciudadanos sin afectar los derechos humanos en la misma proporción que lo hace el capitalismo.

 Esta producción, con la cual la agrupación Teatro Forte abre su temporada 2013, contó con un depurado vestuario, cortesía de los estudiantes del Instituto de Diseño de Las Mercedes creado especialmente para esta oportunidad. Es una producción artística impresionante donde Gladys Seco se ha lucido como nunca antes lo hizo, permitiendo así que Vladimir Vera se ponga los pantalones largos de la dirección teatral.

¿Y cuándo la dramaturgia local nos muestra una pieza que revise la historia criolla de los últimos 50 años del siglo XX dentro de ese contexto que cambió al mundo con una suavidad que solo tiene el terciopelo?

Y mientras tanto, recordamos que Vaclac  Havel, líder de la revolución de terciopelo, decía, que un espectáculo teatral demencial escenificado por un grupo de fanáticos es parte del pluralismo cultural y, como tal, ayuda a expandir la libertad sin representar una amenaza para nadie.

Caracas, 9 de febrero de 2013

miércoles, 6 de febrero de 2013

Rock ´n roll, la Revolución del Terciopelo

La conocida como Revolución de Terciopelo fue un movimiento pacífico que causó la caída del comunismo en Checoslovaquia y el consecuente tránsito de éste país hacia la democracia y el capitalismo a finales de la década de los 80 del pasado siglo. Sus gobernantes pretendían resistirse tercamente a los irremediables cambios que se daban en la Europa comunista de la época, apuntalados por el reformista Gorvachov y su “Perestroika”. Su adjetivo “de terciopelo” hace alusión a la utilización de la palabra, y no de la fuerza o de las armas, para lograr sus objetivos. Como punto de partida del movimiento se tiene un manifiesto, la “Carta 77” –por el año en que fue presentada- en el que un grupo de intelectuales exponen sus diferencias con el régimen imperante, y cuyos frutos se verían más de veinte años después con la renuncia al poder del partido comunista en 1989.

Es de este período y de estos hechos que el dramaturgo inglés (de origen checo) Tom Stoppard se vale para desarrollar una de sus piezas más célebres “Rock´ n Roll, la Revolución de Terciopelo”, que en versión y dirección de Vladimir Vera arrancó su temporada en el CELARG el pasado 31 de enero. La pieza orbita alrededor de un estudiante, su profesor, la familia de éste y cómo los ideales, la política y las trampas de la ideología van marcando el rumbo de sus vidas a lo largo de 25 años musicalizados por íconos de la cultura pop como Pink Floyd, Rolling Stones, The Doors, Guns and Roses, entre otros. El autor (ganador del Oscar por el guion de “Shakespeare Enamorado”) autodefine sus piezas como escritas “para gente preparada, con cierta perspicacia intelectual” y en este texto se hace patente tal cualidad al mostrarnos diálogos de marcado carácter discursivo y que exigen del espectador sentarse en la butaca con un marco referencial a cuestas. Vera se aleja de la confrontación ex profeso acostumbrada en sus montajes y presenta una puesta en escena bastante tranquila, convencional, que pareciera dejar el avispero sólo en el texto y sus posibles interpretaciones y paralelismos con nuestra realidad. Diálogos y cambios de elementos escenográficos se suceden sin mayores aspavientos teniendo como fondo una banda que interpreta en vivo grandes títulos del rock, y apoyados por asistentes de escena que, protegidos por la penumbra pero con presencia evidente, entregan, sacan, y modifican los elementos de utilería.

Destaca Javier Vidal como Max, quien con su interpretación de un profesor arraigado a su ideología imprime calor a la tibieza general de la pieza. Elvis Chaveinte como Jan, se esfuerza, sin alcanzar el nivel que ha demostrado en otras interpretaciones. Completan el elenco Nattalie Cortez, Jesús Sosa, Gladys Seco, Domingo Balducci, Jan Vidal, Fabiola Arace y María Fernanda Esparza.
¡A rockanrrolear! 

Walter De Andrade 
 Columna publicada el 05/02/2013 en el diario El Nuevo País