Por: Bladimir Aguilera* | Caracas, 16 de abril de 2026
La pieza teatral Cartas no escritas del dramaturgo francés David Geselson y dirigida por el maestro Orlando Arocha en la Caja de Fósforos, es una muestra del inmenso poder transformador del arte escénico. Este montaje, al que asistí el 12 de abril de 2026 (la última de sus cuatro únicas funciones), me dejó sembrado algo profundo y una reconfortante sensación de liberación, que estoy seguro, también sintieron el resto de los espectadores.
La obra es un dispositivo performático basado en un escritor que ofrece un servicio público de redacción de cartas a cualquier persona. Aparecen en escena una veintena de personajes de distintas edades e interpretados por diferentes actores, quienes leen con intención la carta que cada uno de ellos encargó al escritor para alguien cercano. Se presentan así veinte conflictos no resueltos, donde el emisor de la carta busca el desahogo, la redención y la liberación de sus cargas emocionales.
En la puesta en escena, se recrea un salón de clases formado por mesas y escritorios que agrupan a los personajes, aunque todos se encuentran escribiendo su propia carta. Una pequeña pantalla central de proyección sirve de referencia para ubicar al espectador en categorías como “Infancias” y “Amores”, e indicar el emisor y destinatario de la carta de turno. El uso de un micrófono le da amplificación y dramatismo a cada una de las lecturas.
El público estuvo involucrado desde el principio, ya que una voz en off nos invitó a levantar la mano, aunque al principio no se entendió bien para qué. Durante la lectura de cada carta, los otros personajes escuchaban atentos y empáticos, y algunos levantaban su mano como pidiendo permiso para intervenir. Luego, entendimos que era una especie de indicador de que la carta resonaba con ellos y esto se fue contagiando hacia el público que imitaba el gesto cuando sentía que lo que escuchaban les tocaba sus propias vidas.
En cada lectura, existe una variedad de historias que conectan con cualquier persona, porque forman parte de nuestros arquetipos de comportamiento y sufrimiento humano. Me conmovieron particularmente tres cartas que se quedaron en mi memoria. La primera, escrita por una futura madre en alto riesgo de fallecer si concibe, hacia un hijo que no la conocerá jamás. La segunda la lee una niña a su abuela fallecida, donde expresa todo lo que no pudo decir en su funeral. La tercera, la dirige un hombre joven hacia su esposa, donde sin tapujos confirma su frustración por la frialdad de ella y le notifica que pone fin a su matrimonio. Todos, relatos como sacados del archivo de un psicoterapeuta.
Entre cada carta leída, a veces se intercalaban performances de los personajes, relacionados al conflicto planteado, incluyendo música estruendosa pero con sentido, baile, expresiones corporales y cantos grupales. Estos recursos sirvieron de transición para las lecturas y le dieron una gran dinamismo a la obra, haciendo que esta fuera impredecible, interesante, fluida y entretenida al mismo tiempo.
La dramaturgia de la obra resalta por su originalidad, su riqueza humana y su poder curativo. Al investigar un poco, encontré que no fueron cartas escritas desde la pura imaginación del autor, sino que son el producto de un proyecto de escritura colaborativa que tuvo lugar en el 2016 en el Théâtre de la Bastille de París.
En esta especie de experimento social, Geselson ofreció sesiones de 35 minutos para escuchar a personas que deseaban enviar un mensaje a alguien (vivo o muerto) pero que, por diversas razones, nunca pudieron escribir. Tras escuchar cada relato, y en tiempo real, el dramaturgo se tomaba un máximo de 45 minutos para redactar la carta. Luego de leerla al participante, de corroborar que este se sentía identificado con ella y de obtener su consentimiento, la carta pasaba a formar parte de un archivo literario público que logró acumular un centenar de ejemplares. De ahí, la autenticidad de estas cartas que fueron seleccionadas para ser leídas públicamente, ahora dentro de esta pieza teatral representada en Caracas con apoyo de la embajada de Francia.
En cuanto a las actuaciones, me complace afirmar que todas estuvieron sólidas y muy orgánicas. Los actores aprovecharon muy bien sus recursos físicos y emocionales para crear cada personaje de forma coherente, tener pequeños performances y hacerlos convincentes. Un perfecto casting lleno de diversidad donde no se nota si quiera que dos de ellos hacían su debut en las tablas.
La veterana Gladys Seco encarna fielmente a la frágil y sumisa esposa inmigrante que se abre y desenmascara a su marido de diez años. La versátil Larisa González nos mostró a una joven que le habla desde el corazón a su hija abortada. La recién estrenada actriz Laura Goldberg nos transmitió la fuerza interior, honestidad y coraje de una esposa con una enfermedad degenerativa. El multitalentoso Antón Figuera nos sorprendió con su performance de un joven árabe que se atreve a defender su pasión por el baile ante su madre. Fueron solo algunas muestras de las grandes actuaciones que nos deleitaron.
Cartas no escritas es otro de los tantos proyectos bien logrados por la Caja de Fósforos, donde queda demostrado una vez más que no hace falta una gran sala comercial ni grandes recursos de producción para crear un arte escénico de calidad y excelencia. Sin metáforas complejas, ni palabras sobrantes, esta obra es un bombardeo constante y sin filtros al corazón y al alma del espectador. Una perfecta muestra del inmenso poder del teatro que nos retrata como miembros de una raza humana que siente, ama, se trauma, padece, sana y sigue adelante.
En este bien producido y dirigido montaje, puedes encontrar una carta que describe fielmente algo que pasa en tu propia vida y, con solo escuchar su contenido, te permite soltar toneladas de peso acumulado de todas las cosas que nunca has podido decir a quienes tienen que oírlo. Cartas que te motivan a escribir las tuyas propias para liberarte de viejas ataduras, cerrar capítulos no concluidos o terminar de despedir a esos seres que ya partieron. Son cartas que me hicieron desear que esta magnífica obra sea remontada una y mil veces más para la salud mental y emocional de más espectadores.
*Aguilera es Tecnólogo, Autor y Conferencista. Fue participante del Taller de Iniciación a la Crítica Teatral y Taller de Crítica Teatral: Profundizando en la reflexión y el análisis, organizado por AVENCRIT.
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