por Walter De Andrade
@deandradewal
La obra, es un acercamiento a lo más profundo de ese dolor incrustado, una aproximación desgarradoramente humana y vital.
Más de veinte mil asesinatos por año evidencia que la violencia es un polizonte al que se le ha hecho cómodo instalarse. Se ha vuelto tan familiar ese bizarro matrimonio entre la carne y el asfalto. Nuestras pieles rezuman pólvora, la angustia cede a la costumbre, y el dolor se instaura, silencioso, apenas sostenido por la esperanza. Esa inevitable realidad consigue en la dramaturgia de Karin Valecillos un derrotero catártico y estremecedor. “Jazmines en el Lídice” es una pieza simplemente inevitable. El texto, recientemente ganador del I Premio de Dramaturgia Isaac Chocrón, cumple su temporada de estreno en la sala Espacio Plural del Trasnocho hasta el próximo 29 de septiembre, bajo la égida de Tumbarrancho Teatro y la dirección de Jesús Carreño.
La historia es un eco condensado que nace como homenaje a las 54 madres de la Fundación Esperanza Venezuela, madres cuyos hijos han sucumbido ante los ensordecedores gramos de una bala, y que buscan, en su reunión, alzar un clamor por la paz. Es la historia de Meche, Yoli, Anabel, Dayana, Aída y Sandra, seis mujeres -que son millones- vinculadas por el dolor y la pérdida. En una humilde vivienda del barrio Lídice, estos seres coinciden el día del cumpleaños de Dayana, la menor, apenas una adolescente, pero que también ha visto su sangre correr; y un fiero debate de sentimientos se desprende entre la celebración y el recuerdo. Es una ficción armada con trocitos de realidad.
“¡Indiferencia!” grita Meche, y allí radica el tratado de la pieza. La obra no pretende ser solución, ni panacea contra una realidad insoslayable, al fin y al cabo, las víctimas han devenido en solo cifras, estadísticas a las que nos hemos acostumbrado, y que leemos incluso ya sin asombrarnos. La obra, es más bien, un acercamiento a lo más profundo de ese dolor incrustado, una aproximación desgarradoramente humana y vital que revienta cualquier indiferencia. El aroma de esos jazmines penetra la carne para remover el alma.
La puesta en escena de Carreño conjuga el realismo de la pieza y la poética de la imagen con acertado equilibrio, y con la fortuna de no acercarse a un malogrado melodrama. Gladys Prince, encabezando el elenco, nos ofrece una Meche inolvidable, conmovedora, íntegra. Omaira Abinadé, Rossana Hernández, Patricia Fuzco, Indira Jiménez y Tatiana Mabo, desarrollan sus roles con laudable compromiso y entraña, dejando firme la impronta de cada una de sus historias, y el espectador, al dejar la sala, no puede menos que afirmar: ¡Gracias por la esperanza!
Columna publicada el 17/09/2013 en el diario El Nuevo País
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martes, 24 de septiembre de 2013
lunes, 16 de septiembre de 2013
Jazmines en el Lídice
Por Bruno Mateo
@bruno_mateo
El elenco está conformado
por Gladys Prince como Meche, Omaira Abinadé es Aída (La musiua), Rossana
Hernández es Anabel, Indira Jiménez como Yoli, Patrizia Fusco es Dayana y
Tatiana Mabo interpreta a Sandra. La puesta en escena es de Jesús Carreño para
Tumbarrancho teatro, Lux siete producciones y Esperanza Venezuela.
Con una puesta sencilla de
Jesús Carreño con el respaldo de la música de Abiram Brizuela, joven venezolano
radicado en los Estados Unidos, “Jazmines en el Lídice” es una elegía escénica
que poco a poco se convierte en un canto de esperanza. Nos sugiere una
posibilidad de vida distinta a la que se vive a diario en Venezuela, no de
ahora sino desde que yo recuerde. Es un montaje políticamente correcto en
cuanto a la manera “objetiva” como plantea la problemática de la violencia en
el país. De nadie es la culpa; la culpa es del sistema. La solución no es del
sistema es de todos.
Las actuaciones de las
actrices es convincente, cada una logra darle un matiz interpretativo que llega;
no sólo a una técnica actoral sino a
verdaderos niveles de creación, algunas menos otras más; tal es el caso de Indira Jiménez como Yoli,
una verdadera interpretación oximorónica de la alegría amarga de una mujer que
ve a su hijo pasar de bueno a malandro; Rossana Hernández con sus explosiones
de rabias y dolor que se enfrenta a una madre que siente lo mismo que ella,
pero lo aborda de otra manera; Omaira Abinadé
en la interpretación de una hija de inmigrante que se radica en Venezuela que
pierde a su hijo en una balacera y que pretendía con su profesión de abogado
hacer justicia, la cual queda en el tiempo del subjuntivo; Tatiana Mabo compone
a un personaje lleno de culpas por
haberle pedido a su esposo, hijo de Meche, la madre, que fuera a comprarle el
pan sin saber que en esa encomienda perdería la vida de varios disparos; Patrizia
Fusco nos trae a una adolescente que a su corta edad pierde a su hijo y vive en
una casa con mucha amargura, pero que se resiste a perder su ilusión por vivir
y por último a Gladys Prince interpreta a la madre, al estilo de la Bernarda
Alba lorquiana, que quiere ser dura frente a la pérdida de los hombres de la
casa, sin embargo, la fraternidad de las mujeres hace que mantenga la esperanza
de sembrar jazmines en el Lídice.
lunes, 5 de agosto de 2013
Jazmines contra la violencia
Por E.A Moreno Uribe
@EAMORENOURIBE
Un puñado de madres de las víctimas de la violencia cainítica que azota a Venezuela se organizaron y salieron a las calles caraqueñas para mostrar las fotografías de las 54 mujeres que perdieron a sus descendientes en manos del hampa o de enloquecidos policías. Singular modo de pedir paz y reconciliación que demuestra la firme voluntad de luchar para impedir más muertes. Ellas le ponen la cara a la esperanza para buscar el fin de esa violencia que amarga la cotidianidad de esta Tierra de Gracia, violencia que diezma a la juventud pero que arremete contra la sociedad en general.
Son la fundación Esperanza Venezuela, de carácter artístico, social y apolítico, la cual reaparece como coproductora del espectáculo Jazmines en el Lídice, el cual exhiben durante los fines de semana en el teatro Trasnocho. Está bien escrito y correctamente dirigido por Karin Valecillos y Jesús Carreño, con música original de Abiram Brizuela y las estremecedoras actuaciones de Gladys Prince, Omaira Abinadé, Rossana Hernández, Patrizia Fusco, Samantha Castillo y Tatiana Mabo.
Y como de violencia se escribe, conviene precisar que, en el noroeste de Caracas, existe, desde 1943, la urbanización Lídice para rechazar el exterminio que hicieron los nazis de los casi dos mil habitantes de ese pueblo checoslovaco, porque se rebelaron contra la opresión fascista.
Y ahora, en esta segunda década del siglo XXI, gracias a la magia del teatro, en nuestro Lídice hay una casa, la morada de Meche, donde crecen en porrones unos jazmines. Ella hace seis años perdió en manos de la violencia a su hijo Raúl. Sus hijas Anabel y Dayana, a quienes también mataron a sus vástagos, tratan de persuadir a la madre de que se mude a otro lugar porque anda suelto el asesino de Raúl.
La obra se desarrolla cuando ellas junto, a la vecina Yoli; Aída, abogada y amiga de la casa; y Sandra, la viuda de Raúl, se reúnen con Meche para convencerla de marcharse. Sin embargo, ella está arraigada a su comunidad, pues, pese al dolor, ha encontrado en la pérdida de su hijo un vínculo con otras madres y siembra jazmines como quien cultiva esperanzas. Eso es Jazmines en el Lídice, realista y estrujante teatro basado en testimonios de 54 madres que perdieron a sus hijos, ellas ahora se protegen y luchan desde Esperanza Venezuela.
Muestra la vida de seis venezolanas quienes encontraron una manera de salir adelante por encima de la tristeza de haber perdido a sus hijos. La pieza pretende ser un punto de partida para recuperarnos como sociedad y evitar que esas tragedias continúen repitiéndose.
Nosotros estamos plenamente convencidos que Jazmines en el Lídice es una manera pulcra y sensible, además de altamente creativa, de acercarse desde lo humano al universo de esas venezolanas, quienes encontraron una manera de salir adelante por encima de la tristeza, y cuyas sus historias son punto de partida para recuperarnos como sociedad. Es también un hermoso homenaje a las mamas que se yerguen y prosiguen luchando por la vida. Se realiza sobre la peligrosa cuerda floja del melodrama lacrimógeno y convence plenamente porque esa realidad que plasma no es ajena al público.
¡Nadie puede negar ahora que el teatro contemporáneo criollo está de espaldas a la realidad en que vivimos!
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